jueves, 16 de febrero de 2012

Vivir en 12,73 m3


En nuestra motorhome tenemos que barrer 3 veces por día, desaparecen cosas, aparecen medias sin su par y no es raro encontrar un celular atrás de la heladera. En resumen: estamos como en casa.

Lo bueno:

- Tenés todo lo que necesitás al alcance de la mano. O del pie. Y sino te lo pasa alguien que seguro lo tiene al alcance de la mano o del pie.

- Aprendés a valorar el agua al máximo así que te bañás únicamente cuando hace falta.

- Cuando terminás de comer podés levantar la mesa sin tener que pararte.

- Ejercitás el ingenio y la paciencia en todo momento.

- Cada mate, bebida, sándwich o cualquier comida es 20 veces más rica.

- Si hace frío, el calor humano es instantáneo. Si hace calor, tenés un ventilador a 20 cm de tu cara.

- Si querés podés comer en la cama y dejar el plato en la cocina simplemente estirando un brazo.

- Si te agarra hambre o sed a la noche también estirás un brazo y llegás a la heladera, o sea que también hacés elongación.

- Y por muy poco no podés lavarte los dientes desde la cama (habrá que perfeccionar eso para la próxima)



Lo malo:

- Son altas las probabilidades de patear un mueble descalzo.









sábado, 11 de febrero de 2012

El escape

Lo de Villamontes no da para más. Ya queremos seguir viaje y estamos decididos: hoy nos vamos, como sea. Sabemos que las ambulancias son las únicas que pueden cruzar el bloqueo de la ruta. Se me ocurre la idea de disfrazar la camioneta de ambulancia. Para mí es buena, para Marti es un delirio. La descartamos.

Estamos otra vez sin opciones y justo en ese momento aparece una pareja que deduce la situación por nuestro living en la vereda. Son Abigail y Joseph, de Inglaterra, que viven en Bolivia desde hace 20 años. Se presentan como testigos de Jehová, dicen que Armagedón está cerca, que cada vida tiene un propósito y estar conectado con la naturaleza te ayuda a encontrarlo. Con un típico acento británico, Joseph nos aporta una nueva alternativa:

-       Hay un camino secreto, muy difícil de encontrar. Es pequeño, de tierra y piedras, muchos pozos. Tendrían que conseguir alguien que pueda guiarlos. Ustedes solos se perderían.

Parece nuestra única salida. Así que a la noche voy a la comisaría y le pregunto a Gutiérrez, el sargento de turno, si podría llevarnos por ese camino escondido.

-       Yo lo conozco y los puedo guiar sin problemas. –me contesta decidido.

-       Ah, ok, ¿y cuándo podríamos hacerlo? ¿Mañana? –le pregunto, fiel a mi costumbre de postergar lo difícil.

-       No, no. Tenemos que salir ahora mismo, aprovechar la noche.

Y así nos metemos hasta el cuello en una de esas situaciones que te sacan de un sopapo del letargo emocional. Seguimos a toda velocidad a una camioneta de la policía, y con las luces apagadas salimos del pueblo en caravana clandestina. De pronto nos desviamos para entrar en un atajo oscuro en medio de las yungas. Pozos, subidas, pozos, bajadas, pozos, curvas, pozos. Nuestra motorhome va como coctelera con todo tipo de objetos que vuelan por el aire además del miedo y la adrenalina con todo tan mezclado que no sabemos cuál es cuál.

En plena oscuridad los policías paran adelante por un montículo de tierra que nos bloquea el paso. Es un momento de desilusión pero Gutiérrez tiene una idea:

-       Podemos ir por las trillas. –asegura. Se sube a su camioneta y sale de nuevo adelante.

Yo lo sigo mientras me pregunto qué serán las “trillas”, ¿será un pueblo cercano? Poco después tuve la respuesta. Si algún día viajás a Bolivia, acordate que le llaman “trillas” a las vías del tren. Así que vamos a lo largo de las trillas por unos 2 minutos que se me hacen 2 años y retomamos el camino escondido. Llegamos a la ruta. Nos despedimos de Gutiérrez, eternamente agradecidos, y nos escapamos del pueblo fantasma rumbo al norte, aliviados, y totalmente convencidos de que era sensata, lógica y prudente mi idea de disfrazarnos de ambulancia.

Abigail y Joseph con un dato clave.



El plano del escape.
Planeando la estrategia con el sargento Gutiérrez y su compañero.



martes, 31 de enero de 2012

Corto, bien corto

Seguimos atrapados. Seguimos con calor. Pero de a poco nos vamos integrando a la vida del pueblo fantasma. Algunos lugareños rebeldes venden cosas a escondidas así que ya sabemos dónde comprar de contrabando lo básico que todo ser humano necesita para vivir: pan, frutas, agua y pizza.

Paseando por ahí encontramos otro comerciante revolucionario con su peluquería abierta. Un corte de pelo nos vendría bien para paliar el calor así que entramos sin pensarlo mucho. Es lo más arriesgado que hicimos hasta ahora. ¿Quién se anima a meterse en una peluquería de un pueblo perdido al sur de Bolivia? Lo de doña Marta es todavía más intrépido, acostumbrada al coiffeur de Cerini.

- “Las puntitas, sólo las puntitas” – le suplica al peluquero, que ni siquiera intenta otra cosa.

Yo me siento al lado, el compañero empieza a preparar los elementos y me pregunta: “¿Cómo lo quiere?”. Miro arriba del espejo y veo tantas opciones como nunca en mi vida. Ni me imaginaba que existían infinitas alternativas para un simple corte. ¿Cómo hago para elegir con criterio?

¿Americano, Franck o Media melena? 

Encima que estoy desorientado por el calor y ese marco dorado me encandila. Es una decisión muy difícil, quizás la más crucial que tengo que tomar desde que salimos de casa. Estoy entre un Americano, Franck y Media melena. El peluquero me pone presión, termina de afilar la navaja y juguetea con la tijera cerca de mi oreja.

-          Corto, bien corto. –le digo, al final.

Doña Marta en acción, Martina y Enrique Iglesias miran atentos.
Queremos llevar tranquilidad a nuestras familias: en poco tiempo salimos sanos y salvos de la situación y ya somos oficialmente dos vecinos más de Villamontes. 

La decisión está tomada.
A ver quién se anima.


jueves, 26 de enero de 2012

Atrapados en el pueblo fantasma



Después de unos días perfectos con sol y río cerca de Salta, llegamos al límite con Bolivia y esquivando vendedores ambulantes cruzamos justo a tiempo la frontera. Detrás de nosotros cierran el paso. Es que a las 12 de la noche empieza un paro general con bloqueo total de rutas. Los campesinos reclaman regalías por el gas explotado que pasa por sus tierras.

Pocos kilómetros al norte de la frontera está Villamontes. Llegamos ahí para pasar la noche, sin saber que el pueblo es el epicentro de la protesta. En cuanto entramos, un grupo de manifestantes corta la ruta y desde este momento nadie -absolutamente nadie- puede entrar ni salir del lugar.

Un vecino nos advierte: “Ni se les ocurra tratar de cruzar el piquete”. Nos cuenta que los paisanos pueden ponerse violentos y hay borrachos con manoplas pincharruedas dispuestos a atacar a quien se atreva a merodear. Perfecto. Entendemos el mensaje. Estamos atrapados. Todos los vecinos se suman a la protesta y nadie sale de sus casas. El pueblo está desierto. Cada tanto un heladero pasa en bicicleta, alguna mujer camina con paraguas y desde lejos se burla de nosotros una chacarera que habla de la libertad.

Lo único que podemos hacer es esperar. Pero esperar acá es una tortura. Hace calor, calor pesado, calor en serio. Calor que te hincha la cara y te achina los ojos. Respirás y transpirás. Si tratás de moverte el mismo calor te frena de una patada en la cabeza. Y si amagás con recuperar la conciencia el sol te fulmina para dejarte de nuevo como zombie. Así que te conviene quedarte quietito, y más te vale hablar poco.

Marti desafía los 40 grados jugando a la escondida con unos vecinitos. Lo bueno de estos pueblos es que nada ni nadie te puede interrumpir así que podés jugar durante horas. Yo me siento a la sombra en una reposera, con un sombrero de bolsa de hielo, a mirar pasar las cosas. Las bicicletas son buenas porque van despacito y te dan mucho tiempo para ver. Las camionetas son todo lo contrario: una sorpresa abrumadora por pocos segundos. Con la mente anulada éste es el único entretenimiento posible.

Así es ahora nuestra vida, atrapados en el pueblo fantasma. Dicen que por unos pocos días. A mí me suena que es para siempre. 

Marti juega a la escondida.


Sus amigos la llaman "Doña Marta". 


La señora del paraguas.

El momento más emocionante del día.

martes, 24 de enero de 2012

El duende

El sol se pone entre las sierras de Córdoba mientras avanzamos por una ruta bastante solitaria. En estos primeros días trato de hacerme al hábito de chequear el instrumental: temperatura, gasoil, presión de aceite, todo ok, excepto el voltímetro que marca 10 cuando tiene que estar entre 12 y 14. Estamos sin baterías. Tenemos que buscar rápido un lugar donde pasar la noche y resolver el problema.

El pueblo más cercano: Deán Funes, al norte de la provincia. Paramos en una estación de servicio. Pruebo arrancar de nuevo y pasa lo que suponía. Estamos varados. ¿Dónde vamos a encontrar alguien que nos ayude a las 9 de la noche de un viernes? Ya empiezo a mentalizarme para quedarnos 3 días acá. Averiguo en la estación, nadie sabe nada. Entro en una gomería 24 hs que está al lado y pregunto a la señora que atiende si sabe de alguien que trabaje con electricidad de autos.

-           Justo acá a 30 metros hay un muchacho que tiene un taller. –me contesta la mujer, amable.

-          Ah! ¿Y ya cerró? ¿En qué horario atiende? ¿Sabés si trabaja mañana sábado? ¿Tenés su teléfono? ¿Cómo se llama? –le lanzo mi mejor batería de preguntas dispuesto a no dejar pasar la que se presenta como la única oportunidad de seguir viaje.

-          Se fue hace un rato. Es que no tiene horario fijo, quizás pasa hoy de nuevo, quizás viene mañana. Le gusta la noche, me interpreta? Así que con él nunca se sabe...

-          Perfecto. Entonces vuelvo a pasar más tarde, a ver si está. Por favor si lo llegás a ver avisale que lo busco. Estoy en aquella camioneta blanca. ¿Cómo se llama?

-          Le dicen "el Duende".

Me despido agradeciéndole y vuelvo a la camioneta. Unos minutos después, mientras estoy tratando de descifrar el problema, de pronto se me aparece un hombre al lado. Logro disimular el susto.

-          Me dijeron que me buscabas. –me dice rápido y asumo que es él. En cuanto le cuento el problema y nuestra situación me asegura: “Vamos a resolverlo ahora, no tengo ningún apuro”.

Empujamos la camioneta hasta el taller y el Duende se pone a trabajar. Es rápido, ágil, alegre. Martina, curiosa, intrigada, lo sigue por todas partes, y se hacen amigos. Hablamos un rato largo de las cosas de la vida. Me dice que no tiene ni ganas de conocer Buenos Aires. Yo le cuento de nuestro viaje, le parece fantástico.

Un rato más tarde encuentra el problema: es una falla en el alternador. Tenemos que pasar la noche ahí y comprar un repuesto al otro día. Generoso y confiado, nos ofrece dejar las puertas abiertas de su taller, pero no hace falta.

El duende.

No tiene horario fijo.

El Duende en su taller con un amigo, "el Bicho canasto".
















A la mañana siguiente, el Duende aparece exactamente a la hora que me había dicho, con signos de haberse trenzado largo y tendido con la noche. Compramos el repuesto y él termina de arreglar la falla. Problema resuelto.

El Duende después de una noche agitada.

En la entrada del taller nos despedimos como buenos amigos, me desea suerte en nuestro camino, vaticinando que algo extraordinario nos va a pasar más adelante. Le agradezco por todo y me subo a la camioneta. Salgo marcha atrás, maniobro, pongo primera y miro de nuevo para saludarlo andando. Pero ya no lo veo más. 



lunes, 23 de enero de 2012

Hay equipo

Ya estamos en plena ruta rumbo al norte. Y no hay más casas de gente conocida.  

Marti cura a un perro de una estación de servicio.
Marti
Tiene espíritu de aventura y alma de soñadora. Algo de Sarah Connor y Mc Gyver. Es la mejor compañera de vida que existe. Dueña de la más pura imaginación y muy sensible, todo lo siente al extremo. Tiene muchos miedos que paralizarían a cualquiera pero ella sigue, siempre sigue. Es el amor en persona. Habla con los animales y quiere salvar a todos los perros. Es experta en preparar tragos, comidas y desayunos especiales. Si no hay nada de comer, ella te lo inventa. Si sabés ver, en su mirada podés encontrar un infinito universo interior. Y si la vieras sonreír creo que harías lo mismo que yo: darías cualquier cosa por repetir ese momento. Le encanta la música, el asado y ama la libertad. Pero sin dudas, lo que más le gusta en la vida es el mar. Alguna vez me dijo: “Puedo estar viajando tres años si sé que vamos camino al mar”.



Martina a la orilla de un río.
Martina
Raza: Weimaraner. Edad: 7 años. No puede vivir sin nosotros. Prefiere estar en un departamento los tres juntos a estar en un campo con otra gente. Juega con cualquier cosa que encuentra, desde una botella de plástico hasta una piedra, y no se cansa nunca. Está totalmente loca. Se lleva bien con otros perros y es guardiana, al menos desde lejos, porque si un ladrón se le acerca con una pelota de tenis ya se la gana. Le tiene terror a los truenos. Le gusta pasear, explorar, nadar, revolcarse en el pasto, subirse a las camas, comer asado y viajar mirando por la ventanilla con las orejas al viento. 




Nuestra casa a la orilla de un río.
La camioneta
Marca: Mercedes Benz. Modelo: MB 180. Año: 1994. Origen: España. Combustible: Diesel. Dirección: hidráulica. Velocidad crucero: 80-90 km/h y si necesitamos pasar a alguien llega a 100 sin protestar. Es una mezcla de colectivo con avión y tanque. De tamaño perfecto para meternos en cualquier lugar y fácil de estacionar. Le pusimos baño completo con doble acceso, camas cuchetas rebatibles que se convierten en sillón, comedor con mesa extraíble, cocina con bacha, mesada, heladera y anafe portátil. Instalación eléctrica con 2 baterías y conversor a 220 v. Terraza-solarium con tanque de agua de 100 litros












Al sol en una plaza con mis gafas de kiosco.
Fernando (yo)
Antes no sabía nada de mecánica, ahora sé muy poco. Tengo una negación con el tema. Me hablan del funcionamiento de motores y se me pone la mente en blanco. Y al que me explica le digo que entiendo todo con tal que termine más rápido el trance. Digamos que no soy el viajero más eficaz, porque cuando me dan indicaciones para llegar a un lugar, si me dan más de tres referencias ya me olvidé de la primera. Soy un desastre administrando plata. Me iba a comprar unos súper anteojos para hacerme un poco el lindo pero después terminan siendo una preocupación. Así que voy fiel a mis gafas de kiosco de 40 pesos.







Acá los cuatro.



Ahí vamo rumbo al norte.


En Rosario, Argentina

lunes, 16 de enero de 2012

Ladran, Sancho

Tendríamos que haber probado las instalaciones de la camioneta. Tendríamos que haber estudiado el itinerario. Tendríamos que haber hecho un viaje corto para ganar experiencia. Pero si hacíamos todo eso no nos íbamos más. “Andando el carro se acomodan los melones”, me decía un viejo profesor de teatro animándome a aprender en la acción.


Kilometraje de salida

Así que a las 11 de la noche salimos desde casa y llegamos a Pilar, la ciudad donde nació y creció Marti, a sólo 50 km al norte de Buenos Aires. Paramos en la vereda de la casa de mis suegros para despedirnos y seguir rumbo al norte a la mañana siguiente.

-       ¿Dormimos en la camioneta o en la casa? –me pregunta Marti.

-       Vamos a dormir muchas noches acá. Estaría bueno empezar a acostumbrarnos. –le contesto.

Nos preparamos para dormir. Afuera de la camioneta hay mucho viento, se escucha fuerte el silbido y nos hace sentir vulnerables. Ya es entrada la noche. Tratamos de no hacer ruido ni prender luces para no llamar la atención. A lo lejos ladra un perro. Después otro y otro. Los ladridos se superponen y se escuchan cada vez más fuerte. Es evidente que alguien sospechoso se viene acercando.

- ¿Qué hacemos?! ¿Qué hacemos?! ¿Ponemos las cortinas para que no nos vean o dejamos abierto para poder ver nosotros? –en la urgencia no se me ocurre la opción de poner las cortinas y espiar, hubiera sido buena.

De pronto, detrás de un auto estacionado justo enfrente, una sombra se agacha escondiéndose rápido. Nos miramos. Los dos vimos lo mismo. Escalofríos. Hasta Martina mira alerta y gruñe, ya apropiada del territorio.

-       El gas paralizante!!! ¿Dónde está el gas paralizante!!! –el grito callado de Marti nos pone a buscar. Pero hay decenas de objetos recién guardados por todos lados y no tenemos idea de dónde está cada cosa.

Gas paralizante.


Rápido! Encuentra el gas paralizante!















































Desistimos de la búsqueda y trabamos rápido las puertas. Miramos de nuevo para ver si vemos lo que ninguno quiere ver. Entonces una bolsa negra enganchada en el auto es levantada por el viento. La bolsa sube y baja por atrás del baúl. Era eso. Una bolsa de basura. Nada más.

Entonces respiramos aliviados y sin preguntarnos nada nos vamos los tres a dormir adentro de la casa de mis suegros. Tranquilitos, tranquilitos. Mañana temprano salimos para el norte.