lunes, 22 de octubre de 2012

Gracias a la música



Cartagena de Indias, octubre de 2012.
Barrio Bocagrande, esquina de Carrera 2da con Calle 6ta.
Viernes, 7 pm

Marta: Ukelele
Yo: saxo alto

Empezamos a tocar en la vereda, en una esquina transitada, al lado del parche de artesanías de Diego y Sofía, como para entrar en calor y ganar confianza. Tenemos unos pocos temas ensayados y los tocamos versionados estilo jazz gitano: "All of me", "Flaca", "Sea of love", "Ma premiere guitarre" y alguna que otra improvisación.

Después de un rato tomamos coraje y nos animamos. Vamos al primer restaurante y nos ubicamos entre las mesas de la vereda. Ahí viene el pánico escénico otra vez. Mientras tocamos, miro al piso un punto fijo como quien camina por una cuerda floja y para alejar de la cabeza al fantasma negro que me hace pifiar. Alcanzo a ver un piecito de alguien que marca el ritmo. Buen indicio. 

Termina nuestro debut. A la gente le gusta. Increíble. Aplauden, nos agradecen, nos felicitan, piden otra, mandan monedas y billetes al sombrero que rebalsa. 

Así vamos por bares y restaurantes y tocamos cada vez mejor. Nos relajamos y lo disfrutamos. Cuando salimos de cada lugar casi siempre hay alguno que escuchó desde afuera y nos intercepta para mandar su billete al gorro. No lo puedo creer. Parece que la gente nos busca para darnos plata. Algunos nos reconocen por la calle y nos saludan contentos. Se nos ponen a hablar, les contamos de nuestro viaje y alucinan.

Pasan las noches, pasan los bares, pasa la música, pasa la gorra y la plata viene, viene y viene, y nosotros con esa sensación de picardía contenida como cuando estás de racha en el casino. Gracias a la música, la puerta se abrió. El viaje sigue. 

Definitivamente la vida sucede a un ritmo distinto al que me imponían mi propia ansiedad y la rutina urbana. Las cosas buenas empiezan a llegar. Vienen a nosotros. Solitas. Parece que sólo tenía que tener un poco de paciencia.

Para algunos seremos hippies, para otros vagos, para alguien ochentosos. Para nosotros, felices. Si necesitás, ponenos el sello que te deje tranquilo. ¿Quizás ridículos? También puede ser.  Y como dicen que del ridículo no se vuelve ¿será que no volvemos? 

Por lo pronto, "La Mimosa" ya está en el puerto lista para salir a Panamá en un barco de carga. Nosotros nos estamos quedando un par de noches en un hotel y en poco tiempo saldremos en un velero que cruzará el mar Caribe en un viaje de unas 50 horas. En Colón, Panamá, tenemos que reencontrarnos con la camioneta. ¿Cómo saldrá esta travesía?  

Con esa sensación de alegre tristeza nos despedimos de Diego y Sofía, que por ahora seguirán andando por Sudamérica, seguros de que nos volveremos a encontrar en algún punto del camino.

Ahora me despido desde tierra firme hasta la próxima. Preparate para otro capítulo de "diarios de motorhome", pero esta vez desde un velero en el mar Caribe. Esto se está poniendo bueno.


En el Rincón de Antioquia, uno de nuestros restaurantes amigos.

Acá estamos al atardecer en un barcito de la playa.


Si nos cansamos de patear, tocamos un rato en el parche y la plata también viene.


A veces Sofi se suma en percusión con la tabla de lavar.

Plano general del parche de artesanías. Atrás La Mimosa y Martina adentro nos espera tranquila.

Cuando Martina viene con nosotros, algunos ponen billetes "para el perrito".





Qué bien la pasamos con Diego y Sofi. Grandes amigos, mejores personas. Los vamos a extrañar!!!

jueves, 18 de octubre de 2012

Diego y Sofía



Cartagena de Indias es la ciudad más linda de Sudamérica. Lejos. Y sin ninguna duda. La zona histórica tiene una cosa de magnetismo mágico que te puede dejar idiota mirando un balcón. Y de repente te pasa por enfrente un carruaje antiguo tirado por un caballo que te saca de ese efecto hipnótico pero para empujarte a otro mundo fantástico.

Historias de piratas, cultura, paisajes, música, entretenimiento, playa y mar, barcos, chivas rumberas, bares y turistas por todos lados. Cartagena está número uno en la lista de ciudades donde podríamos vivir.

En cuanto llegamos damos una primera vuelta para ver el panorama. Acá se respira ese aire de alegre tranquilidad típico de lugar turístico. Lo mejor es que, gracias a que bajé mi ansiedad, ya no me paso de largo las cosas buenas de la vida que me están esperando. Entonces nos topamos con otra sorpresa que cambia nuestro viaje: Diego y Sofía, una pareja de argentinos que viaja por Sudamérica desde hace 2 años. Viven y se mueven en La Daly, una motorhome Mercedes Benz 608 y viajan con Garu, su gato naranja que pasea por el techo y te aplica una fatality ninja de ametralladora de patas si te acercás demasiado.

Justo el día que nos conocemos, Diego y Sofía se despiden de otros cuatro argentinos viajeros que se van en barco a Panamá y desde entonces convivimos como vecinos a una cuadra del mar y frente a un lago del barrio Bocagrande.

Diego y Sofía son diseñadores gráficos. Cada tanto hacen algún trabajo a distancia pero se hicieron artesanos sobre la marcha y más que nada viven de eso. Son tan generosos que pensás que te van a pedir algo. Pero no te piden nada. Te ofrecen lo que querés, te ayudan en lo que necesitás y te regalan lo que pueden. 
Me parece que ellos encarnan el cambio que se está gestando en todo el mundo: están en pleno despertar espiritual, tienen absoluta conciencia ecológica, viven el presente, son vegetarianos y apuntan a la medicina natural. Son fieles al impulso de cumplir sus sueños aunque eso implique ir contra el mandato social. No son consumistas, no les importan los lujos, los autos, la moda, los mejores celulares, la ropa de marca ni cualquier otro símbolo de status que construye una imagen y alimenta al ego.

Quizás por eso tienen una alegría y una paz que te envuelve y te contagia. Y esa especie de presencia escénica que tienen sólo aquellos que están viviendo una vida plena de sentido porque están exactamente en el lugar que quieren y haciendo exactamente lo que quieren.

Entre las cosas que nos regalan, Diego y Sofía nos dan una gorra para pasar y nos empujan a tocar música por los bares. Si nos llega a ir bien, se nos abre una puerta y podríamos seguir viajando. Si nos va mal, deberíamos ir pensando en volver. Queremos cruzar a Panamá así que vamos a ensayar. Esto de vivir viajando se nos volvió una adicción.


Típica esquina de la zona histórica en Cartagena.

Vista aérea de la ciudad amurallada.


Clásicos balcones de Cartagena.

Paseos por la ciudad en uno de éstos. Al caballo no creo que le guste.

La ciudad amurallada fue construida para defenderla de los piratas.

La chiva rumbera te hace un city tour con fiesta incluida.





















Diego y Sofía. Atrás La Daly y Garu debe andar por el techo.

Diego y Sofía eligen vivir viajando. Acá están felices en su parche.

Dentro de La Daly estás como en una casa, perfectamente cómodo.

En La Daly, a punto de comer una mega-picada vegetariana con vino que vino de arriba.
  


Le entramos a una pizza que también vino de arriba. Si quedan dos porciones para cuatro con hambre, Diego las corta al medio y cada uno come un poco más. 

ANTES.

Sofía ataca con la tijera.

DESPUÉS. Un reflejo exterior de una impresionante transformación interior.
La Mimosa y La Daly, vecinas en este lugar increíble



Paseíto en bote por el lago que tenemos en la puerta de casa. Martina me sigue.

Acá estamos viviendo los tres. Al fondo, hoteles y edificios del barrio Bocagrande.



El sombrero que nos regalaron Diego y Sofía. ¿Nos traerá suerte?

miércoles, 10 de octubre de 2012

Mar de felicidad



Esta va dedicada a todas aquellas personas que pensaban que no llegábamos ni a la esquina. Por ejemplo: nosotros.

 


Llegamos a Cartagena de Indias, y después de pasar una noche en esta ciudad increíble que merece un capítulo aparte, nos vamos a Playa Blanca, una porción del paraíso que queda a una hora y media en auto o 40 minutos de lancha.

Dejamos a “la Mimosa” a una cuadra del mar caribe y acá vivimos. Teníamos la idea de quedarnos 3 días. Imposible. Llevamos una semana y no nos podemos ir. Es que este lugar te atrapa. Parece otro planeta. Te puede llevar un buen tiempo entender que seguís en este mundo porque cada paso te acerca al nirvana.

Playa Blanca es una costa de unos 3 km de largo con palmeras y poca infraestructura de turismo. Hay bares básicos donde conseguís bebidas frías y platos típicos como pescado frito con arroz y patacones. Te podés hospedar en una cabaña rústica o si traés tu carpa hay lugares para armarla gratis y vivís a 10 pasos del mar.

- Arena: fina y blanca.

- Agua: temperatura perfecta. Te metés sin tener que tomar coraje. Y no podés salir. Desde la orilla es celeste, verde agua, azul oscuro. Desde adentro la ves transparente. A la mañana hay menos olas que en una pileta y a la tarde es un poco más movido. Ideal para hacer snorkel.

Creo que recién acá pude bajar un poco mi insoportable ansiedad urbana y ahora vivo más tranquilo, más paciente. Estamos viviendo sin tiempo. No tenemos idea de qué hora es ni qué día es hoy. De casualidad le pegamos al mes. Da la sensación que estamos en un universo paralelo donde todo tiene otra ley, otra causa y otro sentido.

En estos días tenemos que tomar una decisión. ¿Cruzamos a Panamá y seguimos viaje o vamos pegando la vuelta? El cruce a Panamá es complicado y muy caro porque no hay ruta. Es pura selva. En esa región conocida como "el tapón de Darién" sólo hay senderos perdidos controlados por guerrilleros o indígenas. Si viajás por tierra, la única opción para cruzar es mandar tu auto en un barco de carga y después mandarte vos en avión o en un velero de pasajeros.

Es una decisión difícil. En pleno idilio de Playa Blanca empieza a rondar esta cuestión así que ya vamos bajando de la palmera para mover a Cartagena porque sabemos que ahí vamos a encontrar alguna respuesta.

Por lo pronto, con todo mi amor y humildad, te puedo asegurar que la felicidad -pero la felicidad más auténtica, profunda y duradera- no se busca, ni se compra, ni siquiera se merece. La felicidad se conquista.



Playa Blanca queda en la Isla Barú. Si vas en auto te cruza una balsa de 5 minutos.

¿Por qué no cerrás el Facebook y te venís con tu carpa? 


Estudiando la temperatura del agua con las patas. Veredicto: perfección.


Acá estoy con la perra más feliz del mundo.

Esta foto va para mi suegra así se queda tranquila: tu hija está feliz.

Martina se va a lo hondo, la madre mira preocupada.


Oleaje perfecto para hacer la plancha.

El resultado de pasar horas y horas en el agua.

Acá estamos en la nube de pedos con aroma al mar caribe.
Playa Blanca es la mejor playa de Sudamérica.

Marti, apasionada del agua, con todo el mar para ella.

Mar de felicidad en Playa Blanca, en las afueras de Cartagena de Indias.

Atardeceres increíbles y vida sin apuro.
Esta es nuestra principal actividad del día.

Llegar al mar del caribe era uno de nuestros más grandes deseos desde que salimos.


Confirmado, amigos: la felicidad se conquista.

viernes, 5 de octubre de 2012

La Catedral de sal S.A.



Cada vez que salimos de una ciudad nos cuesta. Porque salimos de esa comodidad que sin darte cuenta te atrapa. Nos vamos de Bogotá y pasamos por Zipaquirá. Dos horas y media al norte.

Zipaquirá es un lindo pueblito que tiene uno de los atractivos turísticos más importantes de Colombia: la Catedral de sal.

Dice en la web:
“La catedral de Sal de Zipaquirá es uno de los logros arquitectónicos y artísticos más notables de la arquitectura colombiana, otorgándosele incluso el titulo de joya arquitectónica de la modernidad. La importancia de la Catedral radica en su valor como patrimonio cultural, religioso y ambiental.”

Entrás caminando por un túnel y empezás a bajar a las profundidades. Te vas metiendo en las entrañas de la montaña, dentro de una gigantesca mina de sal mientras pasás por estaciones del Via Crucis talladas en las paredes de halita.

Llegás a lo más profundo y la imagen es impactante: una Iglesia enorme a 180 metros bajo tierra. Es un templo consagrado como Catedral. Paradójicamente se respira olor a azufre. Es el olor del Infierno.

Como visita turística es recomendable. Pero no nos engañemos: no es una catedral. Es una empresa. Aunque al principio nos indignó que cobren (10 dólares) para entrar a una Iglesia, después te ponés a pensar y no resulta tan sorprendente que la Iglesia participe de un negocio aunque implique complicarte la entrada a la supuesta casa de Dios.

Para mí, la Catedral de sal es un reflejo perfecto de la situación actual de la Iglesia católica como institución: hundida, oscura y bien cerca del Infierno.

Respeto a la fe católica -como a cualquier creencia- porque le da paz y esperanza a millones de personas. Pero la Iglesia como institución está muy lejos de ganarse mi respeto. Después de las atrocidades que cometió en el pasado –de pensamiento, palabra, obra u omisión– y otras tantas que se manda en el presente, este dinosaurio espiritual tiene que hacer una profunda autocrítica y dejar de priorizar la política a la acción, el materialismo a la espiritualidad y la moral al amor. Benedicto: a ver cuándo te sacás los anillos y metés un poco las manos y las patas en el barro que al menos en Latinoamérica hay mucha gente que necesita un poco de paz. Rápido. 















Turista con plata: compra tu recuerdito de la Iglesia! Vamos que se agotan!