miércoles, 11 de enero de 2012

Home sweet home?

Hoy es el último día que pasamos en casa. Me paro en el medio del living y trato de percibir una vez más esa hermosa sensación de paz, seguridad y equilibrio que brinda un hogar. Imposible. Esto es un caos. Cada dos pasos te chocás con una montaña de ropa, cajas de plástico, torres de libros que se desploman, bolsas de contenido incierto y todo tipo de objetos desparramados por el suelo y cuidado, porque algunos pinchan. Si alguien llega a entrar pensaría que hubo un allanamiento. En algún punto habíamos definido un límite: de un lado las cosas que son para llevar, del otro las que dejamos. Pero un par de bolsas indecisas borraron la frontera. Todavía no nos fuimos y ya se nota lejos nuestro hogar dulce hogar.


-Viajen livianos. -nos aconsejaron unos amigos. No creo que lo logremos. Yo pensaba que armábamos el equipaje como para unas vacaciones pero esto se siente una mudanza. 


Es en estos momentos anárquicos cuando me pregunto quién y porqué me metió en esto. Todavía no tengo plena conciencia de lo que estoy haciendo y no tengo claro lo que me motiva para cumplir este sueño, pero por alguna misteriosa razón no puedo parar de hacer todo lo posible por concretarlo. 


Faltan unas pocas horas para dejar nuestra casa y entregarnos por completo a la trama del destino. Ya nos despedimos de nuestros amigos y de la familia. 


- ¿Podemos ir con ustedes? -me preguntaron mis sobrinitos, alucinados con la aventura. Para mí, un indicio de que tal vez ya estemos yendo por buen camino, incluso antes de salir. 


La 1era y la última lista de cosas para hacer.

Mis sobrinitos me dieron el ok

Isabel al volante. Nos vamos.


Martina no entiende nada. 



lunes, 9 de enero de 2012

Esteban y Esteban

La camioneta está casi lista para salir. Hace unos 3 meses la compramos totalmente vacía. Con Marti diseñamos el interior y la armamos con nuestras propias manos. No fue nada fácil. Por suerte entre hierros, maderas, cables, mangueras, tornillos, pintura, pegamento, sangre, sudor y plata encontramos la ayuda de varias personas y hubo dos que aportaron como nadie: Esteban y Esteban. Uno es mi vecino, el otro es el marido de mi vieja. A uno le rompí un taladro, al otro una caladora. A ninguno le importó.

Mi vecino, artesano, herrero y carpintero, me prestó todo tipo de herramientas y adaptó las patas de una mesa plegable para poder ubicar la heladera abajo. Siempre dispuesto a ayudar por el simple hecho. Un maestro.

Esteban, mi vecino, justo después de que le rompí la caladora. 
El otro Esteban tiene un taller de electricidad de autos en Haedo. Cada día camina por las calles de su barrio de toda la vida y pasa saludando al del kiosco, a la señora de la panadería, al de la farmacia, al que vende diarios, a la vecina que barre. A cada uno le dedica un chiste y le arranca una sonrisa. Todos lo saludan con cariño y respeto mientras él va repartiendo alegría.

Esteban trabajó días enteros en nuestra camioneta, conmigo de asistente torpe. Fue difícil seguirle el ritmo. Es un excelente profesional, tiene una perseverancia a prueba de todo y una forma tan ingeniosa, práctica y eficaz de resolver problemas que casi que te dan ganas de buscarlos a propósito. 

Me enseñó lo poco que sé de mecánica y me dio muchos consejos para el viaje. Cuando terminó, estaba cansado, pero feliz de la vida.

- Esteban, no sé cómo agradecerte todo este trabajo. –le dije, con cierta vergüenza.

- Esto no se agradece, se disfruta. –me contestó con una sonrisa.  

Es una tranquilidad saber que mi vieja pasa sus días con una de las personas más buenas que conozco. Esteban tiene un corazón de oro. Y lo mejor es que él ni siquiera lo sospecha. 


Esteban lucha contra el embrague.

Trabajando en la instalación eléctrica.

Esteban prueba un condensador de flujo

Misión cumplida, Esteban feliz.

Mi vieja y Esteban, en su spa urbano.





sábado, 7 de enero de 2012

Vamos que nos vamos

Hola. Gracias por estar ahí leyendo. Esta es una historia increíble en el mundo real.


Tenía una vida feliz. Vivía en un barrio tranquilo de Buenos Aires, en una linda casa y con el trabajo que más me gusta en el mundo. Todo estaba en perfecto equilibrio. Pero quizás porque tanta paz se volvió costumbre, decidí dejar todo y hacer un viaje que me va a marcar para siempre.

Me voy con Marta, mi mujer, y Martina, nuestra perra. La idea surgió hace un par de años y fue creciendo hasta volverse un hecho. Compramos una camioneta, la equipamos como motorhome y en unos pocos días nos vamos para el norte, si Dios nos acompaña, a recorrer Latinoamérica por unos meses.  

Aunque quizás sonrían desde lejos los más conservadores o los amigos del sarcasmo, lo que estoy haciendo no es otra cosa que cumplir un sueño. Por mi parte ya tuve varios intentos de concretar sueños que se quedaron en el escalón de la prueba y error y resultaron un nuevo aprendizaje. Pero siento que esta vez es diferente.

No tenemos planes ni rumbo fijo. Estamos abiertos a las sorpresas del camino. No sabemos lo que buscamos, pero cuando lo encontremos no vamos a tener ninguna duda. Mientras tanto será cuestión de ir aprendiendo sobre la marcha, con las personas y los lugares alucinantes que sé que nos esperan.

Esto es la vida misma. Puede pasar cualquier cosa. CUALQUIER cosa. La incertidumbre es tan grande que no te puedo prometer una historia con final feliz. Vamos a ir descubriendo juntos si esto de arriesgar todo para cumplir un sueño realmente vale la pena o son puras patrañas de películas de Disney y libros de autoayuda.

Preparate. Salimos en unos días. Bienvenido a la aventura.


Típica mañana de domingo, con Mar y Martina.



La entrada (y salida) de casa. 

Nuestra camioneta, MB 180. Justo antes de comprarla.