viernes, 16 de marzo de 2012

Gracias


Hola Fer!
Espero que las cosas marchen mucho mejor por allá y estén tranquilos pese al auto. Me quedé triste por lo que les pasó y estuve pensando algo a ver si te sirve podemos mandarte plata para ir acopiando para lo que crean mejor.
Leyendo un poquito me di cuenta del amor por este sueño y me shockeó que se trunque. Si mas allá de compartir trabajo crees que podemos serles útiles, por favor, deseamos que nos acepten entre quienes puedan empujar nuevamente (y virtualmente) la motorhome.
Un abrazo 
Betty y Mati

Me imagino o no alcanzo a la dimensión que debe tener el bajon que los tortura, cualquier cosa que precisen para solucionarlo avisen que lo haremos lo mas rapido posible. Casi me desmayo cuando lo oi a Esteban hablar con Fer. Los queremos mucho, un abrazo. 
Mamá

Huevo queridos, si fuese facil el camino al paraiso estaria lleno de gente…
Es buen momento para repertorio musical y gorras!!!
Los quiero, cualquier cosa que pueda ayudar chiflen.
Santi

Hola Fer! Che, veo que estás medio en el horno no??
Qué cagada lo de la camioneta! Se me ocurrió una idea si estás con ganas o mejor dicho necesidad de trabajar un poco…
Mora

Hola, me enteré del problema con el motor, como llevan la situación?
Bueno yo ya estoy en pilar por cualquier cosa que necesiten me lo hacen saber. Ok?
Gabriel


Huevo sigan para adelante que tambien se nos trunca el sueño a los que los seguimos desde aca. Necesitan guita? Conta conmigo.
Machi 

Chicos cuando me enteré de esto me puse re mal, posta, sentí la angustia como ustedes, después de tanto esfuerzo que se rompa algo te da bronca, pero NO PASA NADA!!! solo es cuestión de $, (que se consigue de alguna manera!!), y de tiempo, que ( tienen de sobra ). Así que ahora que falta poco para volver a la ruta a disfrutarrrr. Ya sabés que contás con nosotros por cualquier cosa que se pueda hacer desde acá.
Jose

Fer..... si necesitas alguna data en Baires por tema motor, sabes que podes chiflar!!! Llamar a alguien, tocar alguna puerta... Estamos siguiendo su historia y no queremos que termine... Recuerden los libros de "Elige tu propia aventura"!!
El jaguar, queda a la espera.


lunes, 12 de marzo de 2012

La biela maldita

Vamos en la ruta, tranquilos, cantando contentos con Manu Chao. Queremos más playa, calor y mar. De pronto se escucha un ruido tremendo en el motor, parece una explosión pero es un zarpazo de realidad. Paro al costado y veo que perdemos aceite a borbotones. No podemos seguir. Llamo a una grúa que nos remolca hasta la ciudad que queríamos evitar por las montañas, el frío y la época de lluvias: Arequipa.

En un taller especializado desarman el motor y me desarman a mí con la peor noticia: se rompió una biela y un pistón le hizo un agujero al block. Hay que cambiarlo. El block es una pieza enorme de hierro fundido que pesa más de 100 kilos, es prácticamente el motor entero. Pero el problema no termina ahí: en Perú no hay una sola de estas camionetas y no existen repuestos. Tendría que mandarlos a traer desde Argentina. Suponiendo que tengamos plata como para comprar un motor nuevo, ¿cuánto nos puede costar semejante envío?

Después de hacer varias llamadas a Buenos Aires para averiguar costos, vemos que resolver esto nos llevaría casi todos nuestros ahorros. Parece el final del viaje. Definitivamente. Nos abrazamos entre la lluvia y las bocinas de la calle y mi cabeza no para de hacerme preguntas. 

¿Así termina? Después de tanto esfuerzo, ¿ésta es la recompensa? Hicimos todo con cierto criterio, gente que sabe nos recomendó esta camioneta, le arreglamos y le cambiamos todo lo necesario, le pusimos muchísimo amor para armarla, somos dos personas de buena voluntad que están cumpliendo un sueño. ¿Hasta acá nos dejan llegar? Estoy cansado de pensar que “algo tendremos que aprender”. ¿Por qué mierda tenemos que aprender a los golpes si hay excelentes lecciones que no duelen? A ver, ¿cuál sería el aprendizaje? ¿Tenés que quedarte tranquilo cuidando tu quintita y no jugártela entero por algo que te apasiona? No creo. Me voy a resistir hasta mi último día a esa filosofía mediocre y apática de los que prefieren el camino protegido, el camino marcado. Estoy seguro de que tiene que haber algo detrás de este giro del destino que a simple vista se ve como macabro, sádico, perverso. ¿O será que ya no tienen razón de ser los espíritus libres en este mundo metálico?

Marti me demuestra su grandeza en plena tormenta: me dice que de alguna manera lo vamos a resolver, que ella quiere seguir, aunque sea sin un peso, ya nos vamos a arreglar. Y tiene razón. No nos vamos a volver justo ahora que empezamos a imaginar un paraíso.

Entonces nos abrigamos y caminamos por el centro de Arequipa hasta que encontramos un hotel donde nos aceptan con Martina. Acá nos quedaremos por unos días. Varios. Bastantes, quizás. Los que sean necesarios hasta que podamos arreglar la camioneta y seguir viaje. Si algo o alguien nos quiere parar, va a tener que esforzarse un poco más. 




Ey! ¿Te creíste que íbamos al mar? 






Remolque amigo 1, hasta Arequipa.







Remolque amigo 2, hasta el taller.


En el taller, esperando la sentencia.


Todo el motor afuera y desarmado por completo.




Nuestra casa, ahora con balcón al frente.

















El pistón y la biela maldita.


















Block perforado. Más de 100 kg de problemas.
















A buscar hotel en Arequipa.






















lunes, 5 de marzo de 2012

Al fin, el mar


Ahora sí, vamos rumbo al mar. Por fin. La ruta entre montañas nos revela un paisaje alucinante detrás de cada vuelta y en el horizonte se termina el mundo y se empiezan a adivinar algunas olas.

De pronto, en una curva cerrada, un camión gigante se nos viene de frente por nuestra misma mano. Se me congela el corazón, clavo los frenos y volanteo. Lo esquivamos. Y nos quedamos en silencio por varios minutos tratando de entender lo que nos acaba de pasar. Fue un segundo que marcó la diferencia eterna. Miramos de reojo y vamos reconociendo nuestro entorno más cercano hasta confirmar que sí, seguimos acá.

Justo un rato antes, por esas causalidades, había notado que sin darme cuenta venía tomando las curvas un poco más despacio. Me había preguntado porqué y en ese momento una intuición se hizo evidente: lo que tenemos se vuelve más valioso a medida que avanzamos.

Así llegamos a Mollendo, al sur de Perú. Es una pintoresca ciudad con mar y aire al lejano oeste. Tiene lindas playas pero el agua es imposible. Debe estar 1 o 2 grados por encima del punto de congelamiento. Si te animás a mojarte los pies, podés considerarte la persona más valiente de la región.

Acá pasamos varios días de paz, amor y felicidad plena. Es que cuando tomás verdadera conciencia de que todo lo que sos y lo que te rodea se puede terminar en un segundo, aprendés a tomar esa mínima distancia que te ayuda a valorar lo que tenés y a exprimirle a cada momento hasta la última gota de felicidad para tomarte el jugo fresco, recién salidito.


Castillo de estilo medieval en Mollendo





Marti y Martina en el lejano oeste de Perú.








Algunos valientes, detrás de nosotros.






Montañas de un lado, mar del otro y fideos con champignones en el medio.





Algo así debe ser lo que buscamos.



Que ni se te ocurra tocar el agua.















martes, 28 de febrero de 2012

Edgar y el fuego

Parece que después de un infierno del que pensás que no salís, viene un paraíso del que no te querés ir. La impresión que me deja Bolivia es de gente oprimida, condenada. Me pregunto cómo pueden vivir así. “Estamos acostumbrados” –me dijo alguno, como si el hecho de estar habituado al sufrimiento lo volviera de a poco menos injusto.

El Alto, en las afueras de La Paz, es el caos a 4000 metros de altura. Vas manejando y en cualquier segundo se te cruza un peatón con una bolsa gigante en la espalda, manejan como hormigas coloradas y tocan bocina como si fuera su manera de trascender. Con el frío que te paraliza se nos rompe el anafe portátil así que tenemos que entregarnos al variado menú local: pollo frito, pollo al horno o pollo al spiedo. Por suerte siempre tenemos a mano ese razonable recurso para solucionar cualquier contexto maniático: escapar. Cruzamos la frontera a Perú y el alivio es inmediato. No me gustan las comparaciones pero a veces son inevitables.

- La gente: en Bolivia están tensos y sospechan o te cobran si les pedís un favor. En Perú están relajados y te ayudan como si fueras un amigo.

- Los policías: en Bolivia te cobran “peajes” inventados. En Perú te agradecen la visita y te desean buen viaje.

Primer destino: Moquegua. Ciudad de lindo clima, en medio de un valle, con callejuelas tan angostas que rompo un espejo de la camioneta y un artesano descendiente de Incas me lo arregla el mismo día y sin cobrarme. Más tarde, Marti entra en un restaurante a pedir agua caliente y el dueño resulta ser un técnico especialista, llamado Edgar, que no sólo nos arregla el anafe sino que se entusiasma con nuestro viaje y nos invita a cenar. A cambio del favor yo le hago de parrillero y ayudante de cocina por esa noche. 

- ¿Por qué nos ayudás, Edgar? -le pregunto. 

- Porque quizás algún día sea yo el que esté viajando y necesite tu ayuda. -me contesta, y termina de armarnos la mesa. Mientras comemos una tira de asado con fritas y nos bajamos una botella de un vino casero que elabora su familia en las afueras de la ciudad, hablamos de la vida y de este mundo delirante, brindando cada tanto por este preciso momento.

Edgar es una gran persona, trabajó toda su vida en una mina de cobre, es padre de familia y evangelista. Está convencido de que el mayor flagelo de la humanidad es la corrupción.  Asegura que estamos viviendo tiempos apocalípticos. En seguida me acuerdo de Joseph y Abigaíl, los Testigos de Jehová que conocimos en Villamontes, y de las profesías mayas sobre el 2012. ¿Ya estoy borracho o está pasando algo con esto del fin del mundo? ¿Es una idea que casualmente se replica en gente de distintas épocas y creencias o es una realidad inevitable a la que estamos asistiendo como especie? Sea lo que sea, estoy convencido de que la respuesta se nos irá revelando sobre la marcha. Y volvemos a brindar, agradecidos, porque estamos felices de la vida. 



El Alto, Bolivia. Alto caos.

Bolsas gigantes también en La Paz.

Spiderman se prepara, mucho trabajo en La Paz.



Moquegua, Perú. Un amigo nos arregla el espejo.

Edgar arregla el anafe. Marti feliz, zafamos del pollo.



Salen 3 tiras de asado con fritas.

Edgar nos muestra su auto de colección.

Felices, con un buen amigo.



Ahí vamos. Andá a saber adónde.

lunes, 20 de febrero de 2012

Los habitantes de las nubes

En Bolivia, si viajás de este a oeste, en un momento empezás a subir. Al principio ves montañas bajas, verdes, cubiertas de árboles. Seguís subiendo y ves montañas un poco más altas, algunas rojas de tierra, otras rojas de roca, montañas peladas, montañas con mota de arbustos. Mientras tanto seguís subiendo, y te encontrás con montañas medianas, montañas altas y montañas muy altas con nieve. Estás cada vez más alto y vas pasando montañas por los costados, montañas por arriba, montañas por el medio.

Llegás a estar demasiado alto y en ese momento pensás que es imposible seguir subiendo. Ahí preparate, porque recién empezaste a subir. Entonces vas más arriba, más arriba, y ves más montañas, más montañas, y de a poco, entre curvas y contracurvas, todas las montañas te van quedando abajo, hasta que de repente llegás a las nubes. Acá paramos. Vamos a pasar la noche.

En el medio de una nube hay unas pocas casitas con paredes de barro, techo de paja y puertas de casualidad. Nos reciben unos chicos y un par de adultos que hablan su propio idioma. Si les preguntamos algo se nos quedan mirando con una sonrisa y nos analizan como si acabáramos de llegar de otro planeta, y en algún sentido tienen razón.

A la mañana hace tanto frío que se nos congelan hasta las bujías. Trato de arrancar para seguir viaje pero la camioneta no prende. Necesitamos ayuda. Empiezo a recorrer las callejuelas de la aldea, entre la neblina, buscando un mecánico. No hay nadie. Después de observar el panorama noto un detalle: no hay un solo auto en todo el pueblo, así que con mi gran capacidad de deducción desisto de mi búsqueda.

Esperando que el sol suba para que caliente un poco el motor, compartimos toda la mañana con los habitantes de las nubes. Los chicos son de risa fácil, no se cansan de jugar con Martina. Los grandes son de mirada candorosa y cara de chocolate en rama. Usan ponchos de lana de todos colores y viven de las llamas y ovejas que llevan a pastar abajo, a las cumbres. En las nubes, por supuesto, llueve un rato todos los días. Y da la sensación que sus habitantes no conocen la maldad.  

Por suerte en este lugar cuando alguien te cae del cielo te llega más rápido, y antes del mediodía viene nuestra salvación: un auto de argentinos para justo al lado de nosotros. Nos ayudan a arrancar en seguida y seguimos viaje. Estamos ansiosos por bajar otra vez a la tierra. Ahora queremos calorcito, playa y sol. Ya estamos bien de frío, montañas y nubes.

Montaña 1

Montaña 15

Montaña 236

Montaña 580






Acá los vemos por primera vez, en su habitat natural.

Una niña de las nubes en su casa.

jueves, 16 de febrero de 2012

Vivir en 12,73 m3


En nuestra motorhome tenemos que barrer 3 veces por día, desaparecen cosas, aparecen medias sin su par y no es raro encontrar un celular atrás de la heladera. En resumen: estamos como en casa.

Lo bueno:

- Tenés todo lo que necesitás al alcance de la mano. O del pie. Y sino te lo pasa alguien que seguro lo tiene al alcance de la mano o del pie.

- Aprendés a valorar el agua al máximo así que te bañás únicamente cuando hace falta.

- Cuando terminás de comer podés levantar la mesa sin tener que pararte.

- Ejercitás el ingenio y la paciencia en todo momento.

- Cada mate, bebida, sándwich o cualquier comida es 20 veces más rica.

- Si hace frío, el calor humano es instantáneo. Si hace calor, tenés un ventilador a 20 cm de tu cara.

- Si querés podés comer en la cama y dejar el plato en la cocina simplemente estirando un brazo.

- Si te agarra hambre o sed a la noche también estirás un brazo y llegás a la heladera, o sea que también hacés elongación.

- Y por muy poco no podés lavarte los dientes desde la cama (habrá que perfeccionar eso para la próxima)



Lo malo:

- Son altas las probabilidades de patear un mueble descalzo.









sábado, 11 de febrero de 2012

El escape

Lo de Villamontes no da para más. Ya queremos seguir viaje y estamos decididos: hoy nos vamos, como sea. Sabemos que las ambulancias son las únicas que pueden cruzar el bloqueo de la ruta. Se me ocurre la idea de disfrazar la camioneta de ambulancia. Para mí es buena, para Marti es un delirio. La descartamos.

Estamos otra vez sin opciones y justo en ese momento aparece una pareja que deduce la situación por nuestro living en la vereda. Son Abigail y Joseph, de Inglaterra, que viven en Bolivia desde hace 20 años. Se presentan como testigos de Jehová, dicen que Armagedón está cerca, que cada vida tiene un propósito y estar conectado con la naturaleza te ayuda a encontrarlo. Con un típico acento británico, Joseph nos aporta una nueva alternativa:

-       Hay un camino secreto, muy difícil de encontrar. Es pequeño, de tierra y piedras, muchos pozos. Tendrían que conseguir alguien que pueda guiarlos. Ustedes solos se perderían.

Parece nuestra única salida. Así que a la noche voy a la comisaría y le pregunto a Gutiérrez, el sargento de turno, si podría llevarnos por ese camino escondido.

-       Yo lo conozco y los puedo guiar sin problemas. –me contesta decidido.

-       Ah, ok, ¿y cuándo podríamos hacerlo? ¿Mañana? –le pregunto, fiel a mi costumbre de postergar lo difícil.

-       No, no. Tenemos que salir ahora mismo, aprovechar la noche.

Y así nos metemos hasta el cuello en una de esas situaciones que te sacan de un sopapo del letargo emocional. Seguimos a toda velocidad a una camioneta de la policía, y con las luces apagadas salimos del pueblo en caravana clandestina. De pronto nos desviamos para entrar en un atajo oscuro en medio de las yungas. Pozos, subidas, pozos, bajadas, pozos, curvas, pozos. Nuestra motorhome va como coctelera con todo tipo de objetos que vuelan por el aire además del miedo y la adrenalina con todo tan mezclado que no sabemos cuál es cuál.

En plena oscuridad los policías paran adelante por un montículo de tierra que nos bloquea el paso. Es un momento de desilusión pero Gutiérrez tiene una idea:

-       Podemos ir por las trillas. –asegura. Se sube a su camioneta y sale de nuevo adelante.

Yo lo sigo mientras me pregunto qué serán las “trillas”, ¿será un pueblo cercano? Poco después tuve la respuesta. Si algún día viajás a Bolivia, acordate que le llaman “trillas” a las vías del tren. Así que vamos a lo largo de las trillas por unos 2 minutos que se me hacen 2 años y retomamos el camino escondido. Llegamos a la ruta. Nos despedimos de Gutiérrez, eternamente agradecidos, y nos escapamos del pueblo fantasma rumbo al norte, aliviados, y totalmente convencidos de que era sensata, lógica y prudente mi idea de disfrazarnos de ambulancia.

Abigail y Joseph con un dato clave.



El plano del escape.
Planeando la estrategia con el sargento Gutiérrez y su compañero.